La crisis del sector minero-energético que dejó el Gobierno Petro
El balance del sector minero-energético es motivo de preocupación entre expertos, gremios y agentes del mercado. La ausencia de nuevas decisiones estratégicas, sumada a cambios regulatorios y a la incertidumbre sobre la política energética de largo plazo, ha dejado un panorama frágil para la seguridad energética del país. Analistas advierten que los efectos de estas decisiones podrían sentirse con mayor fuerza en los próximos años, especialmente en materia de inversión, abastecimiento y tarifas para los usuarios.
Uno de los puntos más sensibles del periodo fue la decisión de no firmar nuevos contratos de exploración de hidrocarburos. Aunque el Gobierno defendió esta postura como parte de la transición energética y el compromiso climático, el sector alertó sobre el riesgo de una caída futura en la producción de petróleo y gas. Sin nuevos contratos que renueven las reservas, Colombia podría enfrentar un escenario de mayor dependencia de las importaciones, con impacto directo en la balanza comercial y en los ingresos fiscales que hoy provienen de la industria de los hidrocarburos.
A esta situación se sumó la suspensión de los Proyectos Piloto de Investigación Integral (PPII) de yacimientos no convencionales, conocidos como fracking. Estas iniciativas buscaban evaluar, bajo estrictos estándares ambientales y sociales, la viabilidad de explotar recursos adicionales de hidrocarburos. La cancelación de los pilotos cerró la puerta a una fuente potencial de reservas y envió, según empresarios y consultores, una señal de inseguridad jurídica que podría afectar la llegada de capital extranjero al país.
En el frente eléctrico, otro hecho relevante fue la intervención y posterior salida de la empresa Air-e, encargada de la distribución y comercialización de energía en la región Caribe. El proceso, que pretendía corregir problemas históricos de calidad del servicio y pérdidas técnicas y no técnicas, terminó sin una solución estructural de fondo. Comunidades y autoridades locales señalan que persisten las fallas en la prestación del servicio, mientras que el Gobierno entrante deberá definir un nuevo esquema para garantizar la sostenibilidad operativa y financiera en esta zona del país.
Paralelamente, durante el Gobierno Petro se acumularon obligaciones relacionadas con subsidios y otros compromisos del sistema eléctrico que no fueron plenamente cubiertos. Estos saldos pendientes con generadores, comercializadores y otros agentes del mercado han generado tensiones de caja y preocupación por la estabilidad financiera del sistema. Voceros del sector advierten que, si no se diseñan mecanismos claros y oportunos de pago, podrían presentarse dificultades para la ejecución de nuevas inversiones en redes, generación y mantenimiento de la infraestructura existente.
El nuevo Gobierno recibe, así, un sector minero-energético debilitado y con múltiples frentes abiertos. Entre los principales retos se encuentran recuperar la confianza de los inversionistas, definir una hoja de ruta realista para la transición energética, sanear las cuentas del sistema eléctrico y garantizar la seguridad de abastecimiento de combustibles y energía. La forma en que se aborden estas tareas en los próximos meses será determinante para evitar un deterioro mayor y para asegurar que la transformación del modelo energético se haga de manera ordenada, sostenible y socialmente responsable.

